martes, 22 de enero de 2019

La realidad en dos idiomas / Entrevista con Humberto Ak’abal, poeta maya quiché


Humberto Ak’abal, poeta maya quiché (1952), viste no sólo con los colores típicos de las culturas mayas de Guatemala –y Chiapas–, luce además una sonrisa y una actitud que lo pinta de cuerpo entero en su dignidad indígena. Nos hemos encontrado en el ombligo de la Luna, en el corazón de la megaurbe mexicana, en la Fiesta de las Culturas IndígenasPueblos y Barrios Originarios de Ciudad de México, en el Zócalo. No hemos asistido a la cita a conocernos sino a reconocernos, porque Humberto tiene la virtud de anticiparse a la presentación con alguna frase que desde la modestia lo engrandece.
–¿Qué fue primero, la conciencia de la identidad o la conciencia de la lengua?
Mi padre fallece cuando iniciaba mi juventud, alrededor de los dieciocho años. Su desaparición marcó una falta muy honda, pues me encontraba en un momento en que su presencia era muy importante en mi desarrollo. Por fortuna mi abuelo estaba vivo y vino a suplir esa figura, esa carencia. Mi abuelo era muy respetado en el pueblo, era un chamán. La importancia de mi abuelo no sólo para mí sino para la comunidad fue determinante en la responsabilidad que asumí desde un principio. Ello significaba que yo debía labrar mi propio camino y mi lugar en el pueblo. Él murió a la edad de cien años, así que tuvo tiempo suficiente para compartir conmigo muchas de sus experiencias y de su conocimiento de la vida. Creo que esa presencia es notable en mi poesía.



–La identidad la va uno descubriendo a medida que uno madura, que crece y se relaciona con el mundo. La lengua es el contacto inicial que nos ayuda a reconocernos en la comunidad como nosotros mismos; nos permite identificar y construir los pensamientos propios, a descubrir lo que somos. De niño yo no tenía conciencia de quién era porque no sabía de la existencia de los otros. En mi pueblo, el noventa y nueve por ciento de la población es indígena. Cuando aparecía alguien de fuera se distinguía de inmediato. Para mí existía sólo mi gente, la del pueblo. Después me fui dando cuenta de que había otras personas distintas. Algunas veces con sorpresa, otras con agrado y muchas con dolor, porque comienzas a conocer la discriminación, el racismo. Allí, en la lucha contra todas esas manifestaciones negativas de los otros, la identidad comienza a cobrar carácter y sentido. Ser se convierte en un conflicto, reconocerte en lo que eres representa un problema que muchos no pueden superar. Por fortuna, en mi casa mis padres y mis abuelos tenían una conciencia muy fuerte de sí mismos. Eso determinó que yo creciera sin dudas sobre mi pertenencia y siempre muy orgulloso de mis raíces, de mi cultura, de mis orígenes.
En esa relación de lengua, cultura y conciencia del origen, ¿cómo figura la noción de la poesía?
–Para hallar respuestas a tales preguntas siempre me veo obligado a regresar a mis antepasados. Por el lado de mi madre eran contadores de cuentos, de historias. Con frecuencia nos reuníamos alrededor del fogón de la casa para cultivar la tradición oral, para escuchar nuestra lengua, la de mi familia, de mis tías y abuelas que nunca aprendieron el castellano o español. Por el lado de mis abuelos paternos, ellos eran músicos, marimbistas. Su casa era punto de reunión de músicos de otras regiones y allí tenían lugar fiestas que no respondían a motivos especiales, sino simple y sencillamente a la ocasión del encuentro. Podían durar hasta una semana. Se sacrificaba un marrano y la fiesta concluía cuando se agotaba la carne del animal. Era también una fiesta de la lengua maya quiché, un banquete de diálogos y juegos ingeniosos del habla. Siempre advertí que el maya quiché tiene una fuerza telúrica muy emparentada con los sonidos de la naturaleza.

En tu poesía se hallan referencias al pasado remoto. ¿En qué momento tomas conciencia de esa ancestralidad?
–Yo no leí el Popol Vuh sino cuando tuve como veinte años de edad pero, desde mi infancia, los abuelos narraban fragmentos de ese libro, historias que hacían referencias geográficas reconocibles. Por ejemplo, se mencionaban barrancos que yo conocía, que eran del dominio de la comunidad y donde sucedían acciones que se nos presentaban de manera muy vívida. Esos mismos sitios que menciona el Popol Vuh eran parte de nuestra realidad. Lo que me sorprendió fue encontrar que todas esas historias estuviesen escritas, reunidas y organizadas en un libro. Hoy en día ha menguado un poco esa presencia popolvuhica por las influencias religiosas, políticas, mediáticas, pero afortunadamente es vigente dicha oralidad.
¿Cómo fue tu escolaridad?
–En el pueblo, en aquel entonces, nuestra cultura era monolingüe y cuando nuestros padres decidían que asistiéramos a la escuela estábamos obligados a aprender en español y a aprender este idioma. Sufríamos mucho porque hablábamos un castellano muy elemental y rudimentario. Eso provocaba la burla de los maestros y de los compañeros, a pesar de nuestra niñez, pues no podíamos pronunciar bien algunas palabras. El maya quiché carece de algunos sonidos presentes en el castellano, por ejemplo, carece del sonido de la efe. No podíamos decir fósforo y pronunciábamos pósporo, entre muchas otras palabras que provocaban la risa y la burla franca de los otros niños. Era una transición cultural y lingüística bastante complicada.
¿Qué significó para ti dicho tránsito lingüístico, dicha posibilidad de pensar la realidad en dos idiomas?
–Honestamente fue un gran descubrimiento. Me di cuenta de que existía otro mundo allí, al otro lado. Fue como el propio descubrimiento de la lectura y de la escritura que abría puertas hacia otros mundos, hacia posibilidades de imaginación y de expresión inadvertidas. Fue realmente grandioso advertir la fuerza de la palabra escrita y percatarme de las diferentes formas de pensar del indígena y del no indígena. Se me ampliaba el horizonte del nosotros. Comencé a esforzarme por pensar de la otra manera, para comunicarme de manera más clara y precisa con los hispanohablantes o castellanohablantes en su propia lengua. Esa conciencia de los otros reforzaba mi identidad y mi noción de las formas peculiares de comunicación, de esos otros nosotros que habitamos el maya quiché, con nuestro humor y nuestros sentidos de la realidad.
¿Qué aportó la escritura en lengua castellana a tu idioma materno, a tu conciencia de esa lengua del origen?
–Yo era analfabeta en mi propia lengua, la hablaba, pero no la sabía escribir. Así, comencé a apoyar las traducciones que había hecho el Instituto Lingüístico de Verano de los textos bíblicos. Ese fue mi primer patrón para iniciar la escritura en mi propia lengua. El siguiente paso fue esforzarme porque mis autotraducciones no perdieran la riqueza que, en mi opinión, poseen los textos nacidos en mi lengua. Esa fue una lucha interna, conmigo mismo, porque buscaba que no sonaran como si hubiesen sido escritos en español y se alejaran de mis propios sentimientos, sino todo lo contrario: que respondieran al lenguaje sencillo que es la naturaleza misma de la lengua maya quiché.
En tu poesía está muy presente tu familia, tu abuelo, tu padre ausente desde muy joven y la relación esencial con tu madre. ¿Qué representó en tu trayectoria poética y vivencial, en tu visión del mundo, la muerte de tu padre?
En alguno de tus poemas hablas de tu propia experiencia, de tus carencias incluso físicas, como es la cojera de la que adoleces desde chico. Ese es un poema muy revelador de lo que esperas de los demás, no sólo la comprensión sino además la solidaridad. Allí aplicas una vez más el humor, la ironía contra ti mismo.
Es simplemente la aceptación de la realidad, sin dolor, tal como es. Asumir los hechos obteniendo de alguna manera un cierto provecho al encontrar una solución feliz o en otras no tanto, pero siempre en beneficio de la madurez.
Afirmas que te gustan los poemas que de alguna manera representan el espanto. Sabiendo de la existencia de un abuelo chamán, ¿qué relación hay entre el espanto y la idea de la capacidad visionaria del poeta y del chamán?
El abuelo realmente trabajaba la medicina tradicional, en la herbolaria y en los rituales. Participaba en las sanaciones recetando yerbas o pócimas naturales. Pero también con su sabiduría e inteligencia podía resolver algunos problemas psicosomáticos mediante técnicas que implicaban el susto, es decir, el espanto. Cuando comencé a escribir poesía tuve en cuenta esa práctica de sanación del abuelo y asumí que la poesía es otra forma de sanar el alma.
¿Cuál es tu perspectiva de la poesía que se escribe en lenguas indígenas, más allá de su rareza o su emergencia antropológica, política?
Creo que es un fenómeno nuevo, que empezó a dar sus primeros pasos a partir de 1992, con el famoso Quinto Centenario del Descubrimiento y Conquista de América. Yo creo que la poesía escrita en lenguas indígenas experimenta lo que la mayoría de las culturas, produce una buena y una mala poesía. Es importante la oscuridad para darnos cuenta de la luz, de su importancia y sus significados. El día que nos falte la poesía el mundo quedará mudo. Lo cierto es que la poesía es una herramienta de salvación del hombre l
José Ángel Leyva. Poeta y ensayista, es director de la editorial y la revista La Otra. Entre su obra publicada están Duranguraños y Catulo en el destierro.